|
La Promesa es mucho mayor
que el Desierto
17Luego que el
faraón dejó ir al pueblo, Dios no los llevó por el camino de la tierra
de los filisteos, que estaba cerca, pues dijo Dios: «Para que no se
arrepienta el pueblo cuando vea la guerra, y regrese a Egipto». 18Por
eso hizo Dios que el pueblo diera un rodeo por el camino del desierto
del Mar Rojo.”
Éxodo 13:17, 18.
Todos pasamos por un
desierto. Ni el mismo Jesús escapó de él. Si aprendemos a administrar
nuestra vida mientras estamos en el desierto, seremos conquistadores;
caso contrario, ninguna otra situación mayor que el desierto nos podrá
enseñar. Si usted pasa por el desierto y no puede aprender lecciones de
esos tiempos, en ningún otro lugar aprenderá a ver la dimensión del
Reino de Dios.
Usted va al desierto para
renovar su autoridad, entrenar su administración de santidad y
transformarse en un líder manso y auténtico. En el desierto, vamos a
aprender a ser sensibles y perceptibles; vamos a recobrar valores y
seremos entrenados a:
1) Ser agradecidos –
Muchas personas ya entraron y salieron innumerables veces del desierto
y, aunque no sean más las mismas, todavía necesitan aprender a ser
agradecidos a Dios y a mantener en su corazón la gratitud.
2) Tener Comunión –
Vamos a compartir las experiencias que pasamos cuando enfrentamos los
desierto.
3) Conciencia de la
dependencia de las personas. En el desierto, pasamos a saber cuanto
valen las personas con quien convivimos.
El desierto forma nuestro
carácter y adiestra nuestro temperamento. Después de pasar por el
desierto, pasamos a:
1) Comprender aquellos
que ya enfrentaron el mismo nivel de dificultades y, por eso, seremos
comprendidos por ellos.
2) Cuidar mejor de
nosotros mismos, de la familia y de los amigos. El desierto devuelve
nuestra humildad, pues pasamos a ver a los demás con respeto, y nos
damos cuenta de que todos somos iguales.
3) Ser mansos. Si no
nos amansamos en el desierto, no seremos domados en ningún otro lugar.
4) Saber que sólo Dios
nos puede ayudar. Las personas pueden ser instrumentos, mas vamos a
depender sólo del Señor.
1»Cuidaréis de
poner por obra todo mandamiento que yo os ordeno hoy, para que viváis,
seáis multiplicados y entréis a poseer la tierra que Jehová prometió con
juramento a vuestros padres. 2Te acordarás de todo el camino por donde
te ha traído Jehová, tu Dios, estos cuarenta años en el desierto, para
afligirte, para probarte, para saber lo que había en tu corazón, si
habías de guardar o no sus mandamientos. 3Te afligió, te hizo pasar
hambre y te sustentó con maná, comida que ni tú ni tus padres habían
conocido, para hacerte saber que no sólo de pan vivirá el hombre, sino
de todo lo que sale de la boca de Jehová vivirá el hombre. 4El vestido
que llevabas puesto nunca envejeció, ni el pie se te ha hinchado en
estos cuarenta años. 5Reconoce asimismo en tu corazón, que, como castiga
el hombre a su hijo, así Jehová, tu Dios, te castiga. 6Guardarás, pues,
los mandamientos de Jehová, tu Dios, andando en sus caminos y
temiéndolo.”
Deuteronomio 8:1-6.
Todo desierto tiene un
comienzo y un fin. Si usted estuviese pasando por uno, cuando llegue al
otro lado y mira para atrás, verá que nació un líder de éxito, manso y
lleno de autoridad. Tenga conciencia de que todos necesitamos y vamos a
pasar por uno, pero jamás estaremos solos, el Espíritu Santo nos guiará.
Los hombres caen porque confían en sí mismos. Jesús fue llevado al
desierto por el Espíritu Santo para ser tentado por el diablo y Jesús
venció. Jesús sabía que, como hombre, si no estuviese preparado, el
diablo lo vencería. Cuando Dios fortalece nuestro carácter en el
desierto, ningún principado nos vencerá, pues el enemigo no nos tocará
si estamos preparados.
¡Bienvenidos al desierto!
¡Él no es mayor que la promesa!
Publicado el 25 de
Junio del 2006
IMPRIMIR ESTE
ESTUDIO EN WORD
|