|
Entrenamiento y Formación
a través de los Doce II
El discipulado tiene una
salud física, emocional, sentimental y espiritual para tornar a nuestros
discípulos fructíferos y enseñarles a amar.
“Todo pámpano que en mí no
lleva fruto lo quitará; y todo aquel que lleva fruto, lo limpiará, para
que lleve más fruto.”(Juan 15:2).
El ser humano es cambiable
y cambiamos para mejor o para peor. Pero, nosotros no fuimos llamados
para pertenecer al grupo de los peores, nosotros fuimos llamados y
elegidos para el equipo de los que dan fruto permanente. Para eso,
debemos cortar las ramas infructíferas, que son los hábitos o costumbres
que necesitan ser corregidos y cambiados, tales como: El lenguaje,
comportamiento, problemas de relación, etc.
Este proceso de poda
implica en extraer las partes infructíferas del árbol, y no cortarlo por
entero. El mover celular nos da la oportunidad de una poda para una
fructificación sin límites, porque los que menos valen van a valer
mucho, y los que más valen van a valer mucho más, pues nadie es
desechable. Si Jesús no desistió de nosotros, nosotros no podemos
desistir de ningún discípulo, de ningún líder de célula.
Debemos tener cuidado al
cortar las ramas, porque existe ramas fructíferas que están sobre los
que no están dando fruto y, si usted corta éstos sin atención, corre el
riesgo de también cortar ramas buenas.
Para tornar nuestros
discípulos fructíferos debemos enseñarles a amar, entendiendo que el
discipulado presupone todo una inversión para una salud física,
emocional, sentimental y espiritual. El amor es un sentimiento que se
confunde con el gusto, que es una condición necesaria, mas no es
suficiente para permanecer y continuar juntos. Sólo el amor todo lo
soporta. El amor que Dios nos enseñó, para el mundo es cinismo, mas,
para la iglesia es restauración. Todos nosotros necesitamos esa salud
emocional y afectiva, amando al prójimo, a la familia, a los discípulos,
a los doce, y la iglesia. Y debemos buscar todo eso en Dios.
Así como precisamos de
salud afectiva, también precisamos de salud espiritual, para ministrar
vida de Dios a los discípulos, para tener un mejor fluir en nuestra
propia vida, en la vida de los discípulos y de las células, y para ver
el fruto fiel. Para esto tenemos que estar siempre en oración, lectura
bíblica, estudios y en guerra espiritual. Por eso, precisamos de sanidad
en todas esas áreas, y así ministraremos con seguridad.
Para que el árbol
fructifique, es necesario creer que él va a fructificar. Siempre dé
fuerza, incentivo, motivación, para dejar el potencial y la capacidad de
sus discípulos en un nivel elevado, y el resultado vendrá naturalmente
en los frutos. Por eso, no debemos desistir de nadie porque sea un
problemático. Y para socorrer a nuestros discípulos, precisamos hacer
una inversión de fe.
Nadie es desechable y
recordemos que Jesús habló en varias ocasiones que Él no vino para
llamar a justos, sino a pecadores. (Marcos 2:17).
“Al oír esto Jesús, les
dijo: —Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos. No he
venido a llamar a justos, sino a pecadores.”
Dios nos está tratando.
Está escrito en Romanos 11:17-18 que
“Si algunas de las ramas
fueron desgajadas y tú, siendo olivo silvestre, has sido injertado en
lugar de ellas y has sido hecho participante de la raíz y de la rica
savia del olivo, no te jactes contra las ramas; y si te jactas, recuerda
que no sustentas tú a la raíz, sino la raíz a ti.”
Por eso debemos cuidar a
nuestros discípulos, tratarlos y alimentarlos, para que los frutos
aparezcan. Dios es el gran restaurador de la savia, como está escrito en
Job 14:7-9:
“El árbol, aunque lo
corten, aún tiene la esperanza de volver a retoñar,
de que no falten sus
renuevos.
Aunque en la tierra
envejezca su raíz y muera su tronco en el polvo,
al percibir el agua
reverdecerá y hará copa como una planta nueva.”
Estudio Publicado el 28
de Mayo del 2006
IMPRIMIR ESTE
ESTUDIO EN WORD
|